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Urías

Hasta la muerte mantuviste la fidelidad.
A tu rey y a tu esposa no fallaste jamás,
mas entre ellos la traición se ha de consumar.
El deseo del monarca deviene letal
cuando da la orden de enviarte a luchar
a una guerra mortal donde perecerás
para que el gobernante así pueda lograr
a tu mujer y juntos un hijo engendrarán,
pero este crimen impune no va a quedar.
Otra víctima sus actos provocarán.
Los padres el niño nacer muerto verán.
Su arrepentimiento escrito en la historia está.
Lágrimas de sus ojos brotan sin cesar.
Urías el hitita, fuiste fiel hasta el final,
honrado y servicial y las gentes oirán
el doloroso eco de un destino fatal.

Réquiem

El genio lleva la música en las venas.
Su talento impresiona a quien gobierna.
Unas precoces manos pulsan las teclas:
las virtuosas manos del que en Salzsburgo naciera.
Wolfgang Amadeus Mozart crea obra extensa.
Sus sinfonías las orquestan interpretan.
Los sonidos de una mágica flauta vuelan
y en la garganta de alguna diva resuenan.
Todos admirados su talento observan.
De música su mente siempre está plena.
Du arte que grabada en el pentagrama fuera,
guardada en los anales de la historia queda.
La Parca al compositor se acerca.
Premonitoria melodía fue compuesta
y siempre vivas las notas del réquiem suenan.

Paz en la tierra

Tenías nombre de ángel, porque Ángel te llamaron,
mas por el nombre de tu padre el tuyo cambiaron.
Hombre sencillo, sirvió a Dios y a los humanos.
Soprendido fue cuando accedió al pontificado.
Ayudó a los más pobres, para todos fue cercano
y creó gran revuelo su Concilio Vaticano
donde reformó reglas que oprimían a sus hermanos.
En la Plaza de San Pedro, estrechándose las manos,
a personas de todo el mundo, Juan había llamado
para fraternal convivencia juntos, compenetrados.
Entre grandes ejércitos, medio preocupado
por la amenaza de muerte que habían lanzado.
No estalló esa guerra, la cordura había triunfado
y la calma sobrevino, pero ¿hasta cuándo?
En tierra de enfrentamientos, la paz había sembrado
y de paz y fraternidad fue su legado.

Hermano Francisco


A empuñar en tus manos las armas fuiste obligado,
pero a una misión de amor te sentiste llamado.
La espada y tus riquezas arrojaron tus manos
y fue tu voluntad ser del lujo despojado.
De la humildad te convertiste en abanderado,
a todos y cada uno de los seres creados
con inconmensurable afecto llamabas hermanos
y al Sol y la Luna dedicaste tu canto.
Tu gran amiga Clara siempre estuvo a tu lado,
siempre juntos, codo con codo, mano a mano.
Entrega generosa fue vuestro trabajo.
Desde entonces permanece vuestro legado.
La muerte conociste al sentir traspasado
tu corazón después de tus pies y tus manos.
Entregaste la vida desde tu pecho horadado
en sanguíneo fluido por el estigma arrojado.

Jacques de Molay


Elevados valores siempre defendió.
Como Gran Maestre, a los templarios gobernó
pero la tragedia fuerte lo golpeó
y hasta el fuego abrasador de la hoguera lo llevó.
Cuando tuvo que luchar, con fe se entregó
y ante la tortura, coraje demostró,
pero fue sometido a inmenso dolor
y el gran caballero en el juicio humano sucumbió.
El sueño de Tierra Santa se desvaneció,
confesó crímenes que nunca cometió
y en París de Francia ejecutado expiró,
no obstante, con tu muerte tu leyenda nació.
Justo antes de perecer, tu voz emplazó
antes de pasar un año al juicio de Dios
a los que dictaron tu sentencia sin razón
y al fin, Jacques de Molay, tu palabra se cumplió.

El enigma de El Greco


Doménico Teotocópulos te llamabas,
mas por todos eres conocido como el Greco,
pues, aunque en España transcurrió tu existencia,
en Grecia tuvo lugar tu nacimiento.
Entre oscuras pinceladas de talentosa mano,
en tu célebre obra se oculta un misterio:
la enigmática identidad no conocemos
de “El Caballero de la Mano en el Pecho”,
cuadro de apariencia oscura y tenebrista
con la silueta de un hombre difuminada por el tiempo
que apareció más clara ante nuestros ojos
cuando las tinieblas se iluminaron en el lienzo.
Sin embargo, la incógnita todavía perdura
entre la espesa bruma del desconcierto.
¿Quién es el individuo de noble porte
que plasmó con arte tu pincel de genio?

Amor en el destierro


Séfora, hija de Madián, hija de Jethró,
con su padre y hermanas en el poblado vivió.
Era feliz en el desierto, pero en su corazón,
fuertemente palpitaba el deseo del amor.
Exhausto en su destierro al pueblo llegó
Moisés, que ante ti y tus hermanas su valor mostró
al defenderlas de Amalec el invasor.
Su padre, hombre hospitalario, se lo agradeció.
Sus hermanas lo adularon, mas su mente recordó
a aquella hermosa mujer que Egipto dejó.
Séfora pensó que amaría a otra, a ella no,
pero a pesar de todo, de ella se enamoró.
Le dio su apoyo constante cuando el mandato de Dios
lo devolvió a Egipto y su pueblo liberó.
Su amor resistió las luchas, desierto y dolor
y con bendición divina, junto a él permaneció.