El Dorado

Corría el siglo XVI en algún lugar de España. Bartolomé, a sus 23 años, escuchaba fascinado las historias que llegaban del Nuevo Mundo. Las leyendas hablaban de lugares paradisíacos, de nuevos alimentos jamás vistos, de animales extraños, de gentes distintas a las de este lado del mar que vivían en lugares esplendorosos. Uno de los cuáles, según la leyenda, era el Dorado. Jamás nadie lo había visto, pero se decía que era un país donde todo estaba hecho de oro. Bartolomé no era un chico avaricioso, no quería riquezas materiales, pero en su mente identificaba ese lugar legendario con la felicidad que siempre había soñado. Veía en la leyenda de El Dorado la vida plena que deseaba y que este mundo material parecía no ofrecerle por completo. Así que se dispuso a zarpar en un barco hacia América.
Allí transcurrió un tiempo, pocos años de búsqueda infructuosa. Pero fue suficiente para ver atrocidades. Lo que debió ser una gran oportunidad para la fraternidad se convirtió en una guerra destructiva movida por la resistencia al entendimiento y por el afán de conquista. No era ni mucho menos lo que Bartolomé buscaba. Pero en medio de tanta destrucción, llegó a un pueblo maya cuya existencia transcurría conviviendo pacíficamente con los españoles que iban llegando. La guerra parecía deternerse allí. Unos y otros habían conseguido vivir en paz como hermanos. Allí, Bartolomé fue acogido con hospitalidad. Le entregaron un lugar donde vivir. Pasó algún tiempo. Hizo amistad con una joven maestra maya que enseñaba a los niños del pueblo, el idioma de los que había llegado desde la otra orilla del mar. Bartolomé pensó que había estado buscando El Dorado, el lugar que significa para él la felicidad, en lugar de la avaricia. Sin embargo, había encontrado enfrentamiento y desolación. ¿Existiría de verdad El Dorado? También había llegado a ese pueblo maya donde la paz y la concordia habían encontrado cobijo. Y había conocido a la maestra que día a día se hacía más presente y más importante en su vida. Empezó a sospechar que dentro de su alma y en la de ella estaba creciendo el amor. Era un amor que llegó sin hacer ruido. ¿Cuándo había comenzado ese amor? Era como si se conocieran desde siempre, como si siempre hubieran estado conectados por un sueño común. Se fijó en la maestra, que hablaba a un grupito de niños. De repente, Bartolomé descubrió que era feliz. Miró la piel de ella y le recordó el color dorado del lugar que había buscado en los últimos años. ¿Sería el amor el verdadero El Dorado?