Días de gritos ahogados

                          Dentro de mi alma                                  Un día de gritos ahogados

Amada mía:

Hace mucho que te tuviste que marchar -aunque de alguna forma te quedaste-, pero allá donde te encuentres, espero y deseo que estés siendo muy feliz, tanto como tú te mereces. Ha pasado el tiempo desde aquel día en que por alguna extraña razón pasaste por delante la ventana de mi calabozo y te acercaste a mirar. En este particular rincón del mundo no me falta de nada, pero en aquel momento algo invadió maravillosamente este espacio de una manera rara y especial. Es esa fuerza que empujo a mi mirada perdida a cruzarse con la tuya y a sostener esa mirada durante un instante eterno. Un momento de total sincronía. Un minuto eterno que paso como un suspiro y a partir del cual, nuestros corazones aprendieron a latir al mismo tiempo, como un solo corazón. Ese momento quedo roto bruscamente cuando los guardias del calabozo se percataron de tu presencia ante mi pequeña ventana y te obligaron a marchar de manera violenta y te prohibieron acercarte a mí, sin dejar, al menos, que nos despidiéramos.
Desde aquel día no te he vuelto a ver. La fuerza de nuestras miradas encontradas se marchó contigo y no ha querido visitarme más. Eso sí, en tu ausencia, puedo sentir tu presencia. De vez en cuando me visitan dos chicas muy amables que me dan su compañía. Sus nombres son Esperanza y Soledad. Pero no te pongas celosa, porque tienen muchos amigos, pero no tienen novios.
Aún no se cual es la razón de mi encierro. No sé por qué me arrancaron de ese mundo en el que me esperas, pero una noche, un voz me dijo en sueños que yo soy el único dueño de la llave del calabozo, que nadie es el responsable de esta condena excepto yo y que en mi mano esta abrir esa pesada puerta de acero que me separa de ti. La puerta que me impide verte, mirarte, tocarte. El mil veces maldito portón que me impide besarte.
Un beso. El más absurdo de mis anhelos. El motor que empuja a la locura, que es esa inquietante dama que de vez en cuando aporrea la puerta de mi celda y que amenaza con entrar como un fantasma terrible en mi mente y apoderarse de ella como un dictador se apodera del destino de todo un pueblo.
Un beso. El lazo invisible que une dos almas. El hechizo que hace añicos las reglas de la razón y de las Matemáticas, porque gracias a el, uno mas uno siguen siendo uno.
Un beso. El sencillo nombre de los sueños fracasados, de las ilusiones rotas. Porque no sé donde estás. Porque no se como buscarte. Porque no puedes venir a mí. Por eso hoy te escribo esta carta con el deseo estéril de que algún día, lejano y cercano, llegue a tus manos. O al menos con la esperanza de que alguien la lea y consiga hablarte de mí.
Hasta aquí llega hoy el susurro cálido de mi voz expresado con frías letras. Te deseo toda la inmensa dicha que pueda caber en tu inmenso corazón. Y te prometo mantener a raya la locura. Te prometo hablar de ti a Esperanza y Soledad. Te prometo encontrar la llave que abre la puerta de mi cárcel. Te prometo tapar con un dedo el deslumbrante y cegador sol que entra por mi ventana. Y, sobre todo, te prometo que mi corazón
seguirá por siempre latiendo con el tuyo, latiendo por el tuyo. Solo dos palabras más para despedirme, al menos por hoy: TE AMO.