En Xerez de Badajoz
Mi nombre es Natanael Montes y soy caballero de la Orden del Temple. Siento que se acerca el final de esta vida. Ya hace tiempo que los templarios de Francia fueron apresados y juzgados por crímenes no probados. Muchos de ellos, condenados a la hoguera. Los templarios del reino de León estamos exentos de dichas acusaciones y, sin embargo, presiento que los pocos que quedamos en esta villa seremos igualmente ejecutados.
Xerez se ha convertido, posiblemente, en el último reducto del Temple en todo el mundo. Su fortaleza de piedra rodeada de campos paradisíacos puede ser el lugar que alberga a los últimos templarios aguardando el final de una lucha de fe, una lucha que comencé hace años. En este mundo incierto de principios del siglo XIV de nuestra era, los enfrentamientos de intereses políticos, ideológicos y económicos son una constante.
¿Cuándo no lo han sido? El ser humano siempre ha sido el mismo. Pero el mismo ser humano lleva en sí una chispa divina; algo que lo hace grande en su humildad; algo que lo hace bueno en su maldad. Frente a la grandeza material, política y social, la grandeza del espíritu. A eso, y sólo a eso he aspirado desde que decidí ingresar en la Orden.
Dejando la vida de lujo que por herencia me correspondía, abracé la pobreza de la vida monástica y empuñé mi espada. Nunca quise ser partícipe de una guerra por el poder unos hombres sobre otros. Siempre quise ver en mi espada el símbolo de la lucha por el final de esa guerra fratricida; el símbolo de la lucha por una causa justa: la lucha contra el odio entre hermanos, los hijos de un mismo Dios. Cada vez que mi espada derramaba sangre del prójimo, una profunda estocada de dolor desgarraba mi corazón. Ellos no eran mi enemigo. El enemigo es la soberbia ansia de poder del hombre, su tendencia a jugar a ser Dios. Contra eso quise luchar siempre.
Ahora, entre estas piedras, nos toca resistir la avaricia de un rival que no ostenta en su estandarte la Media Luna, sino la Cruz. Otra vez hermano contra hermano. Xerez está sitiado; las puertas de la villa, cerradas. Rendirse o seguir peleando, no hay más salida. La empuñadura de mi espada está caliente, con la sangre que aún fluye por mis venas. Al fin y al cabo, prometimos luchar hasta perder la última gota. “Quien pierda su vida, la conservará.” dijo Nuestro Señor Jesucristo.
Las puertas de la fortaleza ya no resisten las embestidas de ejército del rey. Ya están aquí. No odio a quien ha de cortar mi cabeza. Que Dios todopoderoso salve su alma y la mía para reconciliarnos con un abrazo en su gloria. Los pocos caballeros que quedamos nos reuniremos para resistir en la torre del homenaje del castillo, que pronto será torre sangrienta. Juntaremos nuestras manos para ser uno, como siempre lo hemos sido. Batallaremos llenos de fe y vacíos de rencor por última vez dando gloria al Creador de todas las cosas y a su amor sin límites gritando juntos el lema de la Orden: “Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini tuo da gloriam.” (“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria.”).
Mi nombre es Natanael Montes y soy caballero de la Orden del Temple. Siento que se acerca el final de esta vida. Ya hace tiempo que los templarios de Francia fueron apresados y juzgados por crímenes no probados. Muchos de ellos, condenados a la hoguera. Los templarios del reino de León estamos exentos de dichas acusaciones y, sin embargo, presiento que los pocos que quedamos en esta villa seremos igualmente ejecutados.
Xerez se ha convertido, posiblemente, en el último reducto del Temple en todo el mundo. Su fortaleza de piedra rodeada de campos paradisíacos puede ser el lugar que alberga a los últimos templarios aguardando el final de una lucha de fe, una lucha que comencé hace años. En este mundo incierto de principios del siglo XIV de nuestra era, los enfrentamientos de intereses políticos, ideológicos y económicos son una constante.
¿Cuándo no lo han sido? El ser humano siempre ha sido el mismo. Pero el mismo ser humano lleva en sí una chispa divina; algo que lo hace grande en su humildad; algo que lo hace bueno en su maldad. Frente a la grandeza material, política y social, la grandeza del espíritu. A eso, y sólo a eso he aspirado desde que decidí ingresar en la Orden.
Dejando la vida de lujo que por herencia me correspondía, abracé la pobreza de la vida monástica y empuñé mi espada. Nunca quise ser partícipe de una guerra por el poder unos hombres sobre otros. Siempre quise ver en mi espada el símbolo de la lucha por el final de esa guerra fratricida; el símbolo de la lucha por una causa justa: la lucha contra el odio entre hermanos, los hijos de un mismo Dios. Cada vez que mi espada derramaba sangre del prójimo, una profunda estocada de dolor desgarraba mi corazón. Ellos no eran mi enemigo. El enemigo es la soberbia ansia de poder del hombre, su tendencia a jugar a ser Dios. Contra eso quise luchar siempre.
Ahora, entre estas piedras, nos toca resistir la avaricia de un rival que no ostenta en su estandarte la Media Luna, sino la Cruz. Otra vez hermano contra hermano. Xerez está sitiado; las puertas de la villa, cerradas. Rendirse o seguir peleando, no hay más salida. La empuñadura de mi espada está caliente, con la sangre que aún fluye por mis venas. Al fin y al cabo, prometimos luchar hasta perder la última gota. “Quien pierda su vida, la conservará.” dijo Nuestro Señor Jesucristo.
Las puertas de la fortaleza ya no resisten las embestidas de ejército del rey. Ya están aquí. No odio a quien ha de cortar mi cabeza. Que Dios todopoderoso salve su alma y la mía para reconciliarnos con un abrazo en su gloria. Los pocos caballeros que quedamos nos reuniremos para resistir en la torre del homenaje del castillo, que pronto será torre sangrienta. Juntaremos nuestras manos para ser uno, como siempre lo hemos sido. Batallaremos llenos de fe y vacíos de rencor por última vez dando gloria al Creador de todas las cosas y a su amor sin límites gritando juntos el lema de la Orden: “Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini tuo da gloriam.” (“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria.”).