Carta de amor

Amor mío:

¿Dónde estarás ahora? Eres mucho más que una hermosa imagen en un papel coloreada, pero ¿dónde hay algo más? No te veo cerca de mí ni escucho tu dulce voz. Recuerdo el agradable aroma de tu pelo. ¿Qué insípido sabor recorre mi boca cuando no son tus besos los que la llenan? Te toco y es el viento quien llena mis manos. Conservo muy dentro de mí tu huella. Cierro los ojos y puedo verte. ¡Qué suave tu piel! No quiero vestirme de seda, deseo que tu piel sea mi ropa. Miro a mi alrededor y, en todas las caras, me parece ver la tuya... Tan bonita, tan guapa con esos labios rojos que la adornan. Quiero besar tu boca saciando con
ella la sed que me reseca el corazón. No te alejes, por favor. Déjame inundarte de besos. Deja que el calor de mis manos recorra tu cuerpo y tu alma como un viajero curioso que descubre cada rincón de ti. ¿Quieres que mis abrazos te abriguen en un apasionado abrazo? Acerca tus labios a mi oído y deja que el susurro de tu respiración se transforme en un lenguaje de palabras de amor que no necesiten ser pronunciadas. Que cada gesto, cada caricia, cada beso sea un “te amo”.
Mírame con los ojos del espíritu. Podrás ver el mío. Verás tomar forma un grito que, saliendo silencioso de mi boca, dice tu nombre. ¿No sabes que te estoy llamando? No, no estoy inmóvil, fíjate bien. Todo mi ser vibra por ti como un diapasón que tiembla al captar las notas de esa música escrita desde siempre y por siempre en el fondo del alma y tantas veces interpretada que es el amor... tu amor... la armonía perfecta... la danza infinita.
Permíteme sentir la vida latir en tu pecho. Eso es... fuerte, más fuerte. No estás lejos. No, no, no me hables de distancias. Acércate a mí más y más. Tanto que pueda sentirme dentro de ti. Enséñame a nadar en ti, a zambullirme en tus cálidas aguas del río del amor mientras soy agua de amor para ti. Y luego alcanzar la orilla donde la tierra es firme. Y allí, después de habernos adentrado en el paradisíaco universo al que nos transportan nuestras miradas cruzadas, dirigir nuestros ojos hacia aquél lugar en el horizonte que es nuestro
hogar. Ese lugar donde la tierra alcanza el cielo.