Un teatro lleno de público aguardaba el comienzo de la actuación del mimo. La iluminación se apagó y un cañón de luz se dirigió al centro del escenario donde apareció la figura del actor. En completo silencio, comenzó a gesticular, pero algo ocurrió: a cada gesto, un espectador se marchaba y a la oscuridad de la zona de butacas se fue uniendo un vacío cada vez mayor.
Terminó la actuación y el silencio continuaba. Solo quedó una espectadora en un rincón oscuro y solitario del teatro. El mimo bajó del escenario y se dirigió hacia ella con pasos nerviosos. Ella se puso de pie para recibirlo. Él no se atrevía a mirarla a los ojos. Llegó hasta donde ella lo esperaba y se dispuso a decirle algo. Abrió la boca y... los mimos no hablan. El mimo se quedó como petrificado. La mujer, entonces, se dio la vuelta y se marchó del teatro. Sus pasos retumbaban en los oídos del mimo y sus ojos se inundaron de lágrimas mirando la puerta por la que ella se había ido. El mimo pensó que ella ni siquiera le había dicho su nombre.