El bullicio de la fiesta por el cambio de año civil podía escucharse desde lejos. En la sala de fiestas, los distintos grupos de amigos reían, bailaban, gritaban... La algarabía se extendía por todo el lugar. En uno de los grupos, un chico sonreía a todos los que se le acercaban y se movía al compás de la música, pero en su ojos se adivinaba que se sentía fuera de lugar, que tanto jolgorio porque sí no era para él. En otro grupo, una chica se mezclaba en la juerga entre risas y bailes, pero en su mirada se notaba la misma sensación de estar fuera de sitio, como si la algazara que parecía llenarlo todo, no llenara su alma. Entonces, sus miradas se cruzaron creando entre ellos una conexión especial que no era rota por el ruido. Quisieron acercarse el uno al otro, pero parecían náufragos en dos islas distintas con la inmensidad del océano en medio formado por la gente bailando, los empujones y los constantes besos y abrazos de felicitación que se interponían entre ellos. Entonces, él se dio la media vuelta y se marchó de la sala a paso ligero. Ella se quedó mirándolo. Ya fuera, él se encaminó hacia su coche, de cuyo maletero sacó una guitarra. Con el mismo paso ligero con el que salió de la fiesta, fue caminando hasta un montículo a las afueras de la población desde donde se veían las luces de la ciudad y se escuchaba, a pesar de la distancia, la música y el jaleo de la celebración. Se sentó en la hierba y decidió felicitar el año nuevo a los árboles y las estrellas cantando y tocando su guitarra, a la que abrazaba y acariciaba como a la mujer amada. Una canción de amor y soledad salía de sus labios y las cuerdas de su guitarra compitiendo con el alborozo lejano. El aire fresco, pero no demasiado frío daba a las notas forma de brisa, una brisa que trajo hasta sus oídos el sonido de una voz a su espalda. Era una voz femenina que cantaba la misma canción que él. Miró hacia atrás y vio acercarse andando a la chica en la que se había fijado en la fiesta. Dejó de cantar y tocar, pero ella seguía desgranando las notas y las letras de la canción mientras seguía acercándose. Cuando llegó hasta donde él estaba, se sentó a su lado. Él volvió a tocar su guitarra para acompañar la voz de la chica. Cuando la canción terminó, miraron juntos las luces de la ciudad donde el eufórico alboroto continuaba sin ellos. Con la agitación del viento, las ramas de los árboles aplaudieron su actuación. La Luna les sonrió. Por el Este, el alba empezó a clarear. Sobre el montículo, frente al mundanal ruido, juntos él y ella, ella y él; la voz y la guitarra.