La mirada del tigre

La mar se vistió de luto. Las amplias extensiones que soñé surcar como defensor de la libertad se han cubierto con negro manto. En las playas donde reposé mi espíritu, la arena se ha vuelto oscura. Y mientras tanto, ebrias voces prosiguen su monótono cantar. El espeso líquido sobre el que flota mi barco oculta a la vista las duras rocas que convierten el peligro de encallar en una amenaza seria. Y sobre el fondo yacen cadáveres. ¿Cuántos han caído? ¿Cuántos han de caer? El metal del bastón de mando que domina el mundo, todavía resulta muy pesado para los millones de espaldas que deben soportarlo. Hay medicamentos que dicen que remedian cierta clase de impotencia pero, ¿qué hay de esa otra impotencia que se siente cuando nos parece estar detenidos en un cruce de caminos, cada uno de los cuales con una señal de sentido prohibido y nos inquieta otra señal de no bloquear el cruce? Es la impotencia de la soledad, de la ignorancia, de la incomprensión... No quiero dar pena. Ahora sé que nunca llueve a gusto de todos. Sobre la sonrisa mal dibujada, pueden ver la mirada del tigre. Un tigre que aún no aprendió bien las técnicas de caza y que busca lugares donde dormir. ¿Cómo surgirá de su interior el rugido que lo libere de su somnolencia? Nadie debería pensar que un cachorro de tigre nunca será mayor que un gatito. Dentro de él, siempre vivirá un cachorro, y así debe ser, pero dejen crecer al felino. Y de todas formas, los gatos también arañan y los tigres también ronronean.