La fiera comienza a aflorar haciendo hervir la sangre que empieza a golpear las sienes como el galope de un caballo desbocado al ritmo que marca el enloquecido corazón. A sus agudos oídos llega el aullido tal vez imaginario como la nota más melancólica de una canción de amor y a la vez como el enérgico sonido de un canto a la vida. La manada está dispersa. Un olor viaja en la brisa. El cazador, el perro de presa anda cerca. Las piernas lo impulsan a correr en su busca como una huida hacia adelante acompañado por el miedo y la determinación. ¿Quién deberá asumir el papel de perdedor tras la cruenta batalla? ¿Qué roja sangre correrá como un torrente bajo el dominio de la Luna llena? El lobo está cada vez más cerca. Quizá se encuentre a su rival a la vuelta de la esquina. Ya se comienza a presentir los alaridos de dolor de ambos competidores y sufrimiento. Tibias lágrimas brotan de los ojos del lobo sin conseguir frenar la contienda. Al llegar al final de la calle, se dispone a girar y saltar a continuación sobre el familiar adversario que, ya sin lugar a dudas, se encuentra allí. O quizá sea él quién se adelante. Allá va. Un momento. Algo brilla detrás del lobo. El leve fulgor de unos ojos que hace saltar una chispa dentro de se ser encendiendo de pronto su corazón que parece querer explotar. Vuelve el rostro. La silueta elegantemente femenina es inconfundible.
El cánido rival cuyas fauces ya preparaban la dentellada, lo increpa con sus ladridos cuando asombrado descubre que rehúsa combatir como parecía estar previsto, a causa de esta nueva presencia. El olfato del can posiblemente lo guiará en su búsqueda, pero ahora sus pasos me conducirán a otro destino. La mujer, la loba, lo mira frente a frente y mientras, se acerca lentamente a el. Es como un rutilante fulgor en la tenebrosa oscuridad. De su pecho brota un trémulo pero vigoroso aullido.
La hembra atrajo al lobo hacia un lugar entre arbustos fragantes. El dulce olor de la loba había hecho olvidar al mastín perseguidor. Él y ella se intercambiaban caninos besos cuando una sombra feroz cruzó delante del lobo arrebatándole el suave tacto de su compañera. Una dentellada terrible lo despertó de su ensueño El enorme perro saltó sobre la loba clavándole sus colmillos en el cuello. Instantes después, yacía gravemente herida a cierta distancia de donde se encontraba el lobo, que alternaba una mirada triste hacia la bella figura que lo acompañaba con ternura hasta un momento antes y otra de furia e inseguridad hacia el mastín. Ahora la lucha aplazada iba a realizarse.
El perro, tras el fiero ataque, se volvió hacia su contendiente, que aún parecía no entender muy bien lo ocurrido mientras lanzaba al viento un desesperado aullido de rabia amortiguado por los graves ladridos del perro y el llanto lobuno de la compañera. Una horrible batalla se iba a desencadenar al tiempo que la loba sufría soportando la herida, tendida en el suelo. Perro y lobo se miraban el uno al otro. Ambos se vieron
reflejados en los ojos del rival y comprendieron que ninguno de los dos deseaba esa pelea, porque entendieron que eran parte de lo mismo. Dos adversarios que, en realidad, eran las caras de una misma moneda, se veían arrastrados por la locura y la loba, presa del dolor y la angustia, miraba horrorizada la escena que podía ser resumida con un interrogante: ¿podría haber paz y comprensión entre la cabeza y el corazón, entre el perro y el lobo?
Los contendientes se enzarzaron en una agonizante lucha. Los colmillos de ambos se clavaban una y otra vez en el rival. Ya apenas se mantenían en pie separados el uno del otro varios metros, mirándose frente a frente mientras se tambaleaban temblorosos. Ya estaban preparados para un nuevo choque, quizá el último. Entonces, un sonido rasgó el aire. Era un extraño aullido lo que estaban escuchando. Volvieron sus miradas hacia un pequeño montículo cercano y vieron que hasta allí arriba subía un hermoso ser. Era una magnífica
husky. Miró con firmeza al mastín, después al lobo y de nuevo al mastín. Éste clavo sus ojos una vez más en el lobo y le mostró sus colmillos, dispuestos una vez más a atacar. Pero la husky lanzó de nuevo su peculiar aullido. En los ojos del mastín, creció la duda. La preciosa perra esperó unos instantes en lo alto del montículo mientras el silencio se hacía el rey. Entonces se dio la vuelta. El mastín miró hacia ella y vio aparecer en la elevación, una alta silueta. Había llegado el amo.
Era de apariencia amable, pero miraba al mastín con dureza al tiempo que acariciaba el lomo de la husky. El dueño llamó al perro con voz profunda y éste, con paso inseguro, se fue alejando del lobo y subiendo hacia su compañera y su amo, se marcharon los tres juntos del lugar. El temor por el mastín ya no preocupa al lobo, pero ahora un miedo mucho más profundo lo invadió como un terrible golpe. Su compañera seguía agonizando herida. Se acercó a ella e intentó besarla a su manera, pero ella seguía echada en el suelo y la herida era muy grave, pero en su pequeño cuerpo se escondía una fuerza inmensa, y él lo sabía. Ya no se podía hacer mucho, salvo permanecer junto a ella y aguardar el desenlace, esperando que fuera feliz, a pesar de que el lugar parecía inundado de dolor y llanto. Un aullido trágico nació en el interior del lobo y desgarró el viento. La respuesta no tardó. Por todas partes, desde las montañas, llegaron a oídos del lobo los aullidos de la manada. Y de nuevo apareció el amo sobre el montículo, esta vez con un maletín en sus manos. ¿Serviría para algo el milagro de la veterinaria? Ahora el lobo soñaba con no volver a ser u lobo solitario. Ahora el lobo soñaba con volver a ver brillar las estrellas en los ojos de su amada.
El cánido rival cuyas fauces ya preparaban la dentellada, lo increpa con sus ladridos cuando asombrado descubre que rehúsa combatir como parecía estar previsto, a causa de esta nueva presencia. El olfato del can posiblemente lo guiará en su búsqueda, pero ahora sus pasos me conducirán a otro destino. La mujer, la loba, lo mira frente a frente y mientras, se acerca lentamente a el. Es como un rutilante fulgor en la tenebrosa oscuridad. De su pecho brota un trémulo pero vigoroso aullido.
La hembra atrajo al lobo hacia un lugar entre arbustos fragantes. El dulce olor de la loba había hecho olvidar al mastín perseguidor. Él y ella se intercambiaban caninos besos cuando una sombra feroz cruzó delante del lobo arrebatándole el suave tacto de su compañera. Una dentellada terrible lo despertó de su ensueño El enorme perro saltó sobre la loba clavándole sus colmillos en el cuello. Instantes después, yacía gravemente herida a cierta distancia de donde se encontraba el lobo, que alternaba una mirada triste hacia la bella figura que lo acompañaba con ternura hasta un momento antes y otra de furia e inseguridad hacia el mastín. Ahora la lucha aplazada iba a realizarse.
El perro, tras el fiero ataque, se volvió hacia su contendiente, que aún parecía no entender muy bien lo ocurrido mientras lanzaba al viento un desesperado aullido de rabia amortiguado por los graves ladridos del perro y el llanto lobuno de la compañera. Una horrible batalla se iba a desencadenar al tiempo que la loba sufría soportando la herida, tendida en el suelo. Perro y lobo se miraban el uno al otro. Ambos se vieron
reflejados en los ojos del rival y comprendieron que ninguno de los dos deseaba esa pelea, porque entendieron que eran parte de lo mismo. Dos adversarios que, en realidad, eran las caras de una misma moneda, se veían arrastrados por la locura y la loba, presa del dolor y la angustia, miraba horrorizada la escena que podía ser resumida con un interrogante: ¿podría haber paz y comprensión entre la cabeza y el corazón, entre el perro y el lobo?
Los contendientes se enzarzaron en una agonizante lucha. Los colmillos de ambos se clavaban una y otra vez en el rival. Ya apenas se mantenían en pie separados el uno del otro varios metros, mirándose frente a frente mientras se tambaleaban temblorosos. Ya estaban preparados para un nuevo choque, quizá el último. Entonces, un sonido rasgó el aire. Era un extraño aullido lo que estaban escuchando. Volvieron sus miradas hacia un pequeño montículo cercano y vieron que hasta allí arriba subía un hermoso ser. Era una magnífica
husky. Miró con firmeza al mastín, después al lobo y de nuevo al mastín. Éste clavo sus ojos una vez más en el lobo y le mostró sus colmillos, dispuestos una vez más a atacar. Pero la husky lanzó de nuevo su peculiar aullido. En los ojos del mastín, creció la duda. La preciosa perra esperó unos instantes en lo alto del montículo mientras el silencio se hacía el rey. Entonces se dio la vuelta. El mastín miró hacia ella y vio aparecer en la elevación, una alta silueta. Había llegado el amo.
Era de apariencia amable, pero miraba al mastín con dureza al tiempo que acariciaba el lomo de la husky. El dueño llamó al perro con voz profunda y éste, con paso inseguro, se fue alejando del lobo y subiendo hacia su compañera y su amo, se marcharon los tres juntos del lugar. El temor por el mastín ya no preocupa al lobo, pero ahora un miedo mucho más profundo lo invadió como un terrible golpe. Su compañera seguía agonizando herida. Se acercó a ella e intentó besarla a su manera, pero ella seguía echada en el suelo y la herida era muy grave, pero en su pequeño cuerpo se escondía una fuerza inmensa, y él lo sabía. Ya no se podía hacer mucho, salvo permanecer junto a ella y aguardar el desenlace, esperando que fuera feliz, a pesar de que el lugar parecía inundado de dolor y llanto. Un aullido trágico nació en el interior del lobo y desgarró el viento. La respuesta no tardó. Por todas partes, desde las montañas, llegaron a oídos del lobo los aullidos de la manada. Y de nuevo apareció el amo sobre el montículo, esta vez con un maletín en sus manos. ¿Serviría para algo el milagro de la veterinaria? Ahora el lobo soñaba con no volver a ser u lobo solitario. Ahora el lobo soñaba con volver a ver brillar las estrellas en los ojos de su amada.