En el cerezo las flores
lo adornan con sus colores
y hay un nido entre las ramas
que se convierten en camas.
Su sombra alivia sudores
del viajero fatigado
que debajo se ha sentado
a contemplar su hermosura
y a degustar la dulzura
del fruto ya madurado.
En él conviven la flor y cereza
y el peregrino reúne afanado
con la ilusión del que está enamorado
para ella un ramo de inmensa belleza.
Ella es su mujer, a la que tanto ama,
esa que guarda para él un abrazo,
la que le ofrece siempre su regazo
para descansar, es su amable dama.
Parte el caminante a seguir su ruta
llevándose el ramillete consigo
y el cerezo es el presencial testigo
de la unión de los que comen su fruta
jugosa como besos que comparten
en el sendero por el que ellos parten.
lo adornan con sus colores
y hay un nido entre las ramas
que se convierten en camas.
Su sombra alivia sudores
del viajero fatigado
que debajo se ha sentado
a contemplar su hermosura
y a degustar la dulzura
del fruto ya madurado.
En él conviven la flor y cereza
y el peregrino reúne afanado
con la ilusión del que está enamorado
para ella un ramo de inmensa belleza.
Ella es su mujer, a la que tanto ama,
esa que guarda para él un abrazo,
la que le ofrece siempre su regazo
para descansar, es su amable dama.
Parte el caminante a seguir su ruta
llevándose el ramillete consigo
y el cerezo es el presencial testigo
de la unión de los que comen su fruta
jugosa como besos que comparten
en el sendero por el que ellos parten.