Marejada
Pasaba la medianoche. Mi cuerpo se mantenía prácticamente quieto mientras mi alma pugnaba por volar. La voz permanecía muda, gritando sin salir de los límites de mi caja torácica. Quería moverme, quería comunicarme. Sobre unas piedras centenarias manchadas de rastros de sangre, ondea la bandera de los sueños imperecederos mecida por viento. El bullicio colosal era amortiguado por el ruido de la música, por la música del ruido, por el ruido del ruido. Quería escuchar. El fluido iba y venía como la marea sin que los diminutos icebergs que flotan sobre él detengan su flujo. Contemplo la marea líquida, humana, sonora... Soporto la marejada mental. Violentas turbulencias me azotaban por dentro. El destello de las estrellas sobre la iluminada oscuridad nocturna me alcanzaba fuerte. Sentía espasmos provocados por las mismas vibraciones de siempre y por otros de nunca, de antes, de ahora... Y el ritmo. Mis pupilas atrapaban formas y colores. Quería ver. Las corrientes del exterior y del interior chocaban en el muro de mi piel y se produce la ósmosis a través de mis poros. ¿Dónde estoy, qué hago, qué quiero, qué debo, quién soy? Interpreto en meditabundo silencio la canción de amor compuesta en el pentagrama del espíritu con clave de fe. Soy aliado de la esperanza que ahuyenta la desidia.